martes, 28 de septiembre de 2010

Crucifixión

¡Sí! Era una tragedia...
¡No! No era una comedia...
El Orgullo estaba siendo crucificado,
de vanidad le habían acusado.

Con focos y guirnaldas,
las calles estaban adornadas.
Alfombra roja extendida estaba,
ya el público con ansia esperaba.

¡El Orgullo viene en la esquina!
¡Con dificultad él camina!
Pues una cruz viene cargando,
sus manos están sangrando.

Pero no hacía gesto alguno,
daba los pasos, uno por uno,
¡Buitres, lágrimas mías no verán!
¡Ustedes, por ingenuos caerán!

Pero la multitud no escuchaba,
con licor y música disfrutaba,
muchos invitados habían,
gordos delegados del gobierno venían.

El Orgullo, orgulloso avanzaba,
aunque a duras penas ya caminaba.
La colina se veía adelante,
allí lo esperaba una audiencia impresionante.

La orquesta empezó a tocar,
melodías que me hacían llorar.
Sentado estaba yo, al lado de la Alegría,
a mi gran amigo morir yo vería.

Preparada ya la cruz estaba,
el público atento miraba.
Sus manos heridas clavaron,
en sus pies clavos enterraron.

No vi gesto, el Orgullo estaba mudo,
a pesar de que ya estaba casi desnudo.
Lista para colocar la cruz estaba,
con dolor e impotencia la escena miraba.

Sus manos sangraban,
pero sus ojos no lloraban.
La multitud reía,
mientras de a poco se iba el día.

Se hizo de noche,
cada quien se fue a su coche.
La Ironía con rabia se paró,
al Orgullo un tomate lanzó.

El Orgullo reía,
la conciencia ya perdía.
A los pies de la cruz yo corrí
-si he de morir que sea aquí-.

La Muerte llegó con la noche,
con mucho estilo bajó de su coche.
Con vestido de seda ella venía,
"Debo modernizarme", decía.

¡Llévame con él, por favor!
-exclamé con dolor-.
Sus ojos, se han apagado.
Mi único amigo, se ha marchado.

La Muerte con frialdad me miró,
con paciencia los clavos sacó.
Tomó el cuerpo y se incorporó,
y con seriedad ella me habló:

Ven conmigo,
acompañarás a tu amigo.
Y te confesaré esto,
también este mundo yo detesto.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El Príncipe y la Locura

Érase una vez un príncipe,
sí, de esos de lujo y regalías,
que nacen en cuna de oro,
que viven en caviares y manjares,
que mueren entre rubíes y diamantes.

Tan despreciado era el príncipe,
que con dinero compraba compañía,
con amenazas compraba sonrisas,
pero que ni con todo su dinero
lograba comprar la alegría.

Su padre, el rey,
su madre, la reina,
murieron de pena y vergüenza.
"¡Qué solo estoy!",
decía el príncipe con amargura.

Mala mañana para él,
pues al levantarse de su cama,
de sedas y brocado,
encontróse con la Locura,
parada a su lado.

"¿Buen dormir?"
preguntó la Locura con ironía.
"Todos podéis ver con los ojos,
el hermoso mundo en que vivís,
pero tú, la luz del día no merecéis"

"¡Mis ojos, oh, mis ojos!"
Gritó el príncipe con espanto,
¡la Locura se los había arrancado!
"¡Sirvientes, venid!" exclamó,
pero solo estaba en su gran palacio.

Corrió desesperado,
chocando con sillas y paredes,
botando candelabros y jarrones,
enredóse con una alfombra muy costosa,
¡oh! con estrépito se fue escaleras abajo.

Ahí tirado, en su hermosa alfombra,
en su inmenso salón bien adornado,
lloró sin lágrimas,
nuestro pobre príncipe,
mientras con pesar decía:

"La Locura ha arrancado mis ojos,
con sus garras afiladas,
mis cuencas ya vacías sangran,
¡qué horrible oscuridad!"

Sus súbditos abandonaron el reino,
entre quejas dijeron:
"Sin el rey y la reina,
esta tierra perdida está"

Las casas están vacías,
las ollas están vacías,
las calles están vacías,
¡las cuencas del príncipe están vacías!

Estuvo el príncipe,
horas, días, semanas,
abandonado a su suerte,
en esa costosa alfombra,
en ese inmenso palacio.

Cuando el príncipe,
de hambre se moría,
alguien tocó a la puerta...

¡Pase, por favor!
¡Sacadme de esta agonía!
Os daré mi oro y mis joyas,
¡pero quiero ver la luz del día!

Oyó una risa sarcástica,
abrióse la puerta con estrépito,
era la Muerte que venía
a visitar al príncipe ciego.

"Vos no merecéis siquiera llorar",
dijo la Muerte con desprecio.
"He venido a llevarte,
pues por el resto de tus días
-dijo con crueldad-,
verás una sola cosa...

la Oscuridad".

viernes, 10 de septiembre de 2010

Alicia tiene una pena...

Alicia tiene una pena.
¡Ay! Que sus risas han cesado.
¡Oh! Su alegría ha olvidado,
sus ojos brillantes han callado.

¡Pero qué lágrimas tan crueles,
cómo osan saltar de esos ojos!
¡Ay! Alicia tiene una pena,
todos nosotros lloramos con ella.

¡Cómo se atreve, esa boca perversa,
a profanar con balbuceos esa belleza!
Oh, llanto de mala clase, ¡callad!
que me duele el alma al verla llorar.

¡Alicia tiene una pena!
Quisiera ser ciego para no verla.
¡Sus ojos, oh, sus ojos!
Mirad cómo revientan en llantos de despojo...

¡Ay, salvadla por favor!
Que su madre muerta está,
que su padre muerto está,
mi niña no quiere ya vivir más...

¡Oh! Su llanto ha callado,
su vida se ha apagado,
mi flor se ha marchitado,
sus ojos están ya cerrados.

¡El mundo tiene una pena!
Alicia se ha marchado,
la cruel Muerte se la ha llevado.
Estamos, ¡oh!, desesperados.

¡Ah! Esa tez blanca,
parte en trozos mi alma,
¡Ay, alguien sálvela,
de la Muerte que ya la arrastra.

Alicia tenía una pena,
todos lloramos por ella...